La dificultad para tragar, conocida como disfagia, representa una preocupación significativa en la población global, impactando aproximadamente al 8% de los habitantes del planeta. En el contexto español, un 5.6% de los adultos experimenta esta condición, cifra que se eleva drásticamente en entornos hospitalarios, alcanzando un 10.3% en unidades geriátricas y un 7.5% en departamentos de neurología. Estas estadísticas subrayan la estrecha relación entre el envejecimiento y la presencia de enfermedades subyacentes con la manifestación de la disfagia, haciendo imperativa la concienciación y la implementación de estrategias para su detección precoz y manejo efectivo.
Según la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), es crucial mejorar la identificación temprana de esta alteración de la deglución. La Dra. Emilia Cancer Minchot, miembro del Área de Nutrición de la SEEN, enfatiza la importancia de estar alerta a señales como la tos frecuente durante las comidas, cambios en la voz, dificultad para retener los alimentos en la boca, babeo, o la presencia de residuos alimenticios después de tragar. La deshidratación recurrente, la desnutrición y las infecciones respiratorias frecuentes también son indicadores clave que requieren atención médica.
La disfagia se clasifica en orofaríngea y esofágica, siendo la primera la más común, representando casi el 80% de los casos. Su etiología puede ser neurológica, estructural o muscular, y se observa con frecuencia en pacientes con accidentes cerebrovasculares, trastornos neurodegenerativos como el Parkinson o la ELA, así como en individuos que han sido sometidos a cirugías por tumores de cabeza y cuello. Una deglución ineficaz o insegura puede derivar en desnutrición, deshidratación y, de manera crítica, en neumonía por aspiración, una complicación grave que puede ser fatal en un porcentaje considerable de casos.
Los adultos mayores, especialmente aquellos con presbifagia (dificultad para tragar asociada al envejecimiento), son particularmente vulnerables; entre el 10% y el 30% de las personas mayores de 65 años experimentan algún grado de disfagia, porcentaje que supera el 80% en individuos mayores de 80 años. Esta condición no solo conlleva riesgos físicos, sino que también puede conducir al aislamiento social, ya que el temor a atragantarse y la necesidad de dietas modificadas limitan la participación en eventos sociales y familiares relacionados con la comida. El apoyo humano y la atención a la salud emocional son tan importantes como el tratamiento clínico.
Para contrarrestar las complicaciones de la disfagia, se implementan diversas medidas terapéuticas. Estas incluyen la adaptación de las texturas y viscosidades de los alimentos, evitando aquellos que sean grumosos, pegajosos o demasiado duros. Se promueven posturas seguras durante la ingesta, se enfatiza una higiene oral rigurosa, y se recurre al uso de espesantes y aguas gelificadas para asegurar una adecuada hidratación. Además, el uso de utensilios adaptados, la supervisión durante las comidas por parte de los cuidadores, y la realización de ejercicios de rehabilitación muscular y deglución son fundamentales. Cuando la alimentación oral no es segura o la desnutrición es evidente, se requiere una intervención nutricional especializada, especialmente en casos de disfagia sarcopénica, que agrava la desnutrición debido a la pérdida de masa y fuerza muscular. El abordaje integral de la disfagia no solo busca mejorar la función de deglución, sino también la calidad de vida y la integración social de los afectados.