Migraña infantil: identificación, tratamiento y prevención en menores

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La migraña no es una dolencia exclusiva de la población adulta; también se presenta en la infancia y la adolescencia, afectando particularmente a niños y niñas menores de 10 años. Se manifiesta a través de episodios breves, con una duración de dos a tres horas, acompañados de síntomas como náuseas, vómitos y una elevada sensibilidad a los estímulos del entorno. Para abordar esta realidad, la Fundación Española para las Cefaleas (FECEF) ha elaborado un material informativo destinado a las familias con hijos afectados, con el objetivo de familiarizarlos con los pormenores de esta enfermedad neurológica que provoca intensos dolores de cabeza. La Dra. Nuria Pilar Riesco, colaboradora del Grupo de Estudio de Cefaleas de la Sociedad Española de Neurología (SEN) y del Comité Científico de FECEF, subraya que la migraña en niños y adolescentes es una afección neurológica prevalente que demanda una atención particular. La detección precoz, la consideración de los antecedentes familiares y la implementación de estrategias preventivas pueden reducir considerablemente su repercusión en la vida cotidiana de los menores. Actuar de forma adecuada desde los primeros años de vida permite anticiparse a las crisis, mejorando así el bienestar de los pacientes y sus familias.

Esta condición neurológica, que tiene como síntoma primordial el dolor de cabeza (cefalea), se distingue por características específicas y puede ir acompañada de otras manifestaciones como náuseas, vómitos y una acentuada hipersensibilidad a elementos externos como la luz, el ruido o los olores. Además de los aspectos ya mencionados, es crucial comprender las particularidades de la migraña en este grupo etario, que incluyen su patrón de aparición, la influencia genética y los síntomas distintivos, así como las estrategias para diferenciarla de otras formas de dolor de cabeza y los enfoques diagnósticos y terapéuticos disponibles. La prevención desempeña un papel fundamental, no solo a través de tratamientos médicos, sino también mediante la adopción de hábitos saludables y la promoción de un entorno de apoyo familiar y profesional.

Entendiendo la migraña en la población infantil y juvenil

Aunque la migraña se diagnostica con mayor frecuencia en personas de entre 20 y 55 años, los jóvenes y adolescentes también la experimentan. La edad promedio de inicio de la migraña en la infancia se sitúa entre los 7 y 10 años, aunque puede manifestarse antes. La prevalencia de la migraña aumenta con la edad, y su distribución por sexo cambia tras la pubertad, siendo ligeramente más común en niños antes de esta etapa y predominando en mujeres en la adolescencia. Esta enfermedad posee un marcado componente hereditario, por lo que no es raro encontrar varios casos dentro de la misma familia. Si uno de los padres sufre migraña, los hijos tienen aproximadamente el doble de riesgo en comparación con la población general, un riesgo que se incrementa si es el padre quien la padece o si ambos progenitores están afectados. Reconocer estos patrones y factores de riesgo es crucial para una intervención temprana y efectiva, permitiendo a las familias y profesionales de la salud identificar la condición con mayor prontitud.

Las manifestaciones de la migraña en los menores incluyen episodios de dolor de cabeza intenso, conocidos como crisis migrañosas, que, si bien pueden extenderse hasta 72 horas, en la infancia suelen ser más breves, de unas dos horas, especialmente en los más pequeños. El dolor se localiza habitualmente en la zona frontal de la cabeza, afectando uno o ambos lados, y también en las sienes. En adolescentes, es más frecuente que el dolor abarque un hemicráneo (la mitad de la cabeza). Es característico que la cefalea empeore con la actividad física o incluso con movimientos de la cabeza. El dolor se describe a menudo como punzante, palpitante o compresivo, y en muchos casos se acompaña de náuseas o vómitos, así como de intolerancia a estímulos intensos como luces brillantes, ruidos fuertes u olores. Los niños también pueden mostrar irritabilidad, fatiga, palidez cutánea y ojeras. Algunos pueden experimentar migraña con aura, donde aparecen síntomas transitorios (generalmente visuales, como destellos o visión borrosa; menos comunes son hormigueos en un lado del cuerpo o dificultad para hablar) antes o al inicio del dolor de cabeza, lo que añade una capa de complejidad al diagnóstico y manejo de la condición.

Diagnóstico y manejo de la migraña: Un enfoque integral

Para diferenciar la migraña de otros tipos de dolor de cabeza, como la cefalea tensional, que también es frecuente, se consideran diversos factores. Además de los antecedentes familiares de migraña, se evalúan la intensidad del dolor y la discapacidad que genera (siendo mayores en la migraña), la localización (típicamente hemicraneal en la migraña y más difusa en la tensional, aunque con excepciones), la duración (horas a tres días en la migraña, episodios más prolongados en la cefalea tensional) y el empeoramiento con la actividad física, característico de la migraña. También son indicativos de migraña la asociación con náuseas, vómitos e hipersensibilidad a estímulos. Es fundamental distinguir la migraña de cefaleas graves, como las causadas por meningitis o lesiones cerebrales. Los signos de alarma en estos casos incluyen fiebre, malestar general, disminución del nivel de conciencia, crisis epilépticas y una cefalea progresivamente más intensa y persistente, que incluso interrumpe el sueño. La existencia de síndromes episódicos asociados a la migraña, como ataques de vértigo paroxístico benigno, migraña abdominal o síndrome de vómitos cíclicos, también son precursores o acompañantes de la migraña, y su reconocimiento es clave. El diagnóstico se realiza mediante una entrevista clínica y exploración física; las pruebas complementarias solo son necesarias si hay dudas diagnósticas.

El tratamiento de la migraña en niños y adolescentes requiere una evaluación médica por parte de un pediatra, médico de atención primaria o, en ocasiones, un neurólogo, para indicar una terapia farmacológica adecuada que controle las crisis de manera eficaz. En algunos casos, se necesita una terapia preventiva o de mantenimiento, cuyo objetivo es mejorar el control de la enfermedad, reduciendo la frecuencia, gravedad y discapacidad de los ataques. Además de los tratamientos farmacológicos, las estrategias no farmacológicas son cruciales en el manejo de la migraña infantil y adolescente, ya que contribuyen a disminuir la frecuencia, duración e intensidad de los episodios. Para ello, son fundamentales la educación y participación familiar, así como modificaciones en el estilo de vida. Esto incluye mantener una higiene del sueño adecuada con horarios regulares, evitar pantallas antes de dormir, controlar el estrés mediante terapia psicológica o técnicas de relajación, adoptar hábitos alimenticios saludables para prevenir ayunos prolongados y mantener una buena hidratación, y realizar actividad física regularmente. La Dra. Riesco enfatiza que el objetivo es proporcionar a las familias y profesionales herramientas claras para identificar la migraña y aplicar estrategias preventivas efectivas, ya que comprender la migraña desde la infancia es el primer paso para minimizar su impacto a largo plazo.

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